Una historia cruel: los eunucos chinos


Eunucos chinos. Fuente







“Le pregunté a Hermana Mayor Fann sobre los eunucos; dos mil eunucos vivían en la Ciudad Prohibida. Me explicó que la mayoría venían de la miseria; sus familias eran pobres de solemnidad. Aunque solo los muchachos castrados estaban cualificados para optar a ciertos puestos, no todos los castrados tenían garantizada una plaza”.

                  Anchee Min, La Ciudad Prohibida (2006)










La Gran Muralla, los guerreros de terracota o los eunucos de palacio se han convertido en uno de los iconos más populares de la China Imperial; siendo muy representativo el explorador eunuco Zheng He (1373-1433) o el considerado el padre de la historiografía, Sima Qian (145-90 a. n. e.). Los eunucos también fueron muy conocidos durante la dinastía Lágida de Egipto o en la Grecia antigua o romana; pero, quizás es su práctica en China una de las más larga y conocidas por la historia.

Para los chinos antiguos, uno de los aspectos más importantes de la liturgia de la sexualidad eran los órganos genitales, vinculados estrechamente con la reproducción; siendo la decapitación y la castración las penas más duras a las que se podía someter a un hombre. Sin embargo, existían hombres de condición humilde que se sometieron voluntariamente a ella para entrar al servicio de palacio, quedando reducidos a la categoría de animales de carga. Las razones de esta mutilación había que buscarlas en el propio pensamiento de la época: los emperadores pensaban que sólo un eunuco –sin ataduras familiares- podía serle fiel a su señor si éste caía en desgracia. Asimismo, eran los encargados de reprimir conductas libertinas entre las concubinas del emperador -que vivían recluidas en palacio- y los mensajeros que trabajaban en las dependencias imperiales.

La primera presencia escrita sobre esta práctica la encontramos en los huesos y caparazones de tortuga de la dinastía Shang (1765–1122 a.n.e.), donde se observa un pictograma que representa un pene cortado: era el símbolo de los prisioneros de Wu Ding, que fueron castrados y sacrificados a los espíritus. Pero, según la mayoría de los investigadores, esta práctica comenzó con la instauración de la monogamia en un periodo anterior al emperador Yu de la dinastía Xia (2207–1765 a.n.e.), como condena a los actos sexuales ilícitos entre hombres y mujeres; mientras ellas quedaban recluidas en palacio, los hombres eran castrados.

Siglos más tarde, la castración se fue afincando y generalizando durante la dinastía Han (206 a.n.e. – 220 n.e.). El emperador Wu decretó la sustitución de la pena de muerte por la castración y, fue él quien ordenó la del historiador Sima Qian por tomar partido con el general Li Ling[1], lo que le causó una gran depresión. El emperador Zhao de los Han Orientales amenazó con la pena de muerte o castración a todos los que desafiaran su ley con objetivo de humillarlos hasta el fin de sus días, ya que no podían mantener relaciones sexuales ni, por tanto, descendencia.

A pesar de las protestas de algunos letrados y de su abolición a principios de la dinastía Sui (589–618), algunos emperadores y altos funcionarios volvieron a poner en vigor la castración hasta las dinastías Ming (1368-1644) y Qing (1644-1911), generalizándose entre los individuos procedentes de familias pobres que se sometieron voluntariamente para poder ascender socialmente[2].

Cuchillo usado en la castración. Fuente
La castración era llevada a cabo con técnicas rudimentarias, y el número de fallecidos era muy elevado. El hombre que decidía ser castrado voluntariamente lo hacía bajo la dirección de un eunuco de rango superior y escribía ante un testigo un documento en el que aceptaba ser castrado. La mutilación se realizaba en una habitación cerrada para impedir que se enfriara y durante los tres o cuatro días posteriores se le prohibía comer para evitar los riesgos de infección. Se le ataban los pies y las manos, se le vendaban los ojos y se le desnudaba. El cirujano le daba de beber algún licor fuerte con efectos analgésicos y le untaban sus genitales con un aceite desinfectante para, posteriormente, realizarle la ablación de los órganos con la hoja de un cuchillo muy afilado. Una vez seccionado el pene, sólo quedaban visibles el conducto urinario, que se le cortaba al ras del pubis para que pudiera orinar, y el conducto espermático se le replegaba e insertaba en la carne. Algunas semanas más tardes, una cavidad muy abierta sustituía a la verga. Durante la dinastía Ming y Qing esta práctica era realizada en una habitación insalubre situada en la parte exterior de la Ciudad Prohibida y los especialistas de la castración recibían seis lingotes de plata por cada servicio realizado a través de un tercero que hacía de avalista.

Al terminar la castración, se tomaban medidas específicas para conservar el miembro seccionado del castrado- denominado “tesoro”- que podía guardarse en un cofre de madera, ser ofrecido a los antepasados o a un médico para que lo conservase hasta que lo recuperase por una gran cantidad de dinero. Tras la muerte del eunuco, se cosía el miembro a sus restos, así, al recuperar su integridad, podía ir al cielo. Como la mayoría no volvían a recuperarlo, se recurría a una prótesis: un pene de arcilla o porcelana.

 Niño eunuco de la dinastía Qing. Fuente
No sólo eran víctimas de una mutilación física, sino también trastornos psicológicos. Tenían un gran complejo de inferioridad. Eran muy sensibles y evitaban incluir en su vocabulario cualquier término que evocara la acción de cortar, y no toleraban que se les echara una mirada a la parte inferior del cuerpo. Según un funcionario británico, que fue de visita a Pekín en 1870, vestían con una larga túnica y pantalones grises, inclinaban el cuerpo como los criados, andaban a pequeños pasos y tenían una voz muy aguda.

La pérdida de sus atributos sexuales hacía de los eunucos personas temidas y, a veces, temibles. Paradójicamente han pasado a la historia por su perversión sexual y la literatura china abunda en anécdotas. Parece ser que tenían capacidad de sentir fuertes impulsos sexuales a pesar de la ablación de sus atributos viriles y un gran número de escritos dan testimonio de los actos eróticos violentos y crueles que cometían. Por ejemplo, se sabe que un castrado provocó la muerte de una joven prostituta al no poder retirar el enorme consolador que le había introducido por el ano. Asimismo, se ha mostrado que muchos eunucos que alcanzaron altos rangos hicieron lo posible por recuperar su miembro.

La emperatriz viuda Cixi (1835 -1908) en silla de manos
 rodeado de eunucos. Fuente
A lo largo de la historia china, representaron una verdadera fuerza política que hizo cambiar a veces el destino de algunas dinastías. Las luchas de poder y las peleas entre grupos políticos eran fuertes, de ahí que muchos emperadores o altos funcionarios, si tenían su poder debilitado, recurriesen a ellos para fortalecerse. Algunos ejercieron una gran autoridad, comportándose como tiranos, adquiriendo incluso títulos de nobleza. Su desarrollo llegó a sus cotas más altas durante la dinastía Ming, ocupando altos cargos en todos los sectores de la sociedad civil. Así el emperador Yongle desplazó la capital de Nankín a Pekín y creó una policía secreta dirigida por eunucos para reprimir la oposición en el interior del palacio y en el Imperio. Durante el reinado del emperador Xizong, el eunuco Wang Zhen provocó la crisis que desencadenó, en parte, en la caída de la dinastía Ming. Mantenía una relación estrecha con el hijo mayor del futuro emperador Tiachan y su nodriza, con lo que fue ascendido a secretario de la Oficina de los Ritos y a responsable de la policía secreta imperial, con lo que su poder le permitía abolir decretos imperiales y destituir ministros. Un séquito de seguidores se encargaban de asesinar y tortura todos aquellos contrarios a Wang Zhen. Tras la muerte del emperador Xizong, se hicieron públicos los crímenes y se le condenó a la horca y a su séquito a duros castigos; sin embargo, las medidas fueron insuficientes para liberar a la dinastía Ming de sus males.

La dinastía Qing llevó a cabo una política opuesta a los Ming, ejerciendo una opresión feroz contra los eunucos. Sin embargo, en los periodos de anarquía, los eunucos se vieron reforzados. Así, casi al final de la dinastía Qing, recuperaron de nuevo su popularidad en la escena política.

Sun Yaoting, el último eunuco chino. Fuente
En diciembre del 1996 falleció en Beijing el considerado el último eunuco de China, Sun Yaoting. Tras la castración brutal que le realizó su padre a la edad de 10 años, entró a formar parte del séquito de eunucos del último emperador de China, Puyi (1906-1967). Víctima de los caprichos del emperador, que solía azotar a los eunucos por simple diversión, estuvo bajo su servicio durante ocho años. Tras la caída del Imperio de los Qing y la llegada de la República popular en 1912, su vida siguió siendo muy dura, pues nadie quería contratar a los eunucos. Sus últimos días los pasó en un templo budista protegido por el Gobierno Comunista chino, pues se le consideró, y se le sigue considerando, el último eunuco de China.

La historia de los eunucos fue una historia cruel, una vida de opresión que no sólo sufrieron las mujeres en el ámbito interno del hogar o en el de la explotación sexual. Sin poder garantizar su descendencia, algunos optaron por la adopción y el casamiento con mujeres a las que jamás pudieron satisfacer sexualmente. Sus vidas, llena de odio, en muchas ocasiones, hacia la mujer, y de continuas represalias con los de su misma condición, su existencia sólo tenía significado si servían al emperador; sin embargo, no todos conseguían ese objetivo, y muchos, tras la mutilación, no fueron seleccionados para formar parte del séquito de eunucos de palacio. 


[1] General que sirvió bajo el emperador Wu y desertó tras su derrota por los xiongnu.
[2] En los años sesenta del siglo XX, algunos eruditos de Pekín reunieron a unos quince eunucos mayores para escuchar sus testimonios y todos argumentaron como primer paso para salir de su condición humilde.


Bibliografía

DORAN, C. Chinese Palace Eunuchs: Shadows of the Emperor. Nebula. 2010.

LIU DALIN, El imperio del deseo. Historia de la sexualidad en China. Alianza Editorial. Madrid 2010.

“Los recuerdos del último eunuco chino. El único castrado superviviente de la corte imperial vive en un templo budista en Pekín”. El País. Ediciones El País SL. España. 1992

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