Las prostitutas de la China Imperial

Escena de prostíbulo. Fuente

Nadie permanece conmigo y, cuando eso ocurre, es fruto de un corazón egoísta. Soy como un sauce al borde del río Qu. Un hombre arranca una de mis ramas y otro se la lleva. Juegan conmigo sólo durante un rato.

Miradas hacia el sur del río, cuevas de Dunhuang

En una sociedad dominada por el sistema de la propiedad privada, el papel asignado a la mujer se reducía a ser un objeto de entretenimiento: era esposa legítima, concubina, sirvienta y prostituta. En este sistema jerárquico, la esposa primaba sobre la concubina; la sirvienta, cuya condición era de esclava, solo servía para satisfacer al dueño de la casa o a un número restringido de hombres; y la prostituta, a disposición de todo el mundo, estaba considerada la más miserable. Aunque los hombres exigían a sus esposas que fuesen fieles y permaneciesen castas, ellos frecuentaban los prostíbulos.

Los documentos más antiguos que se conservan sobre la prostitución datan de los Periodos de Primavera y Otoño (siglos VIII-V a.n.e.) y de los Reinos Combatientes (siglos V-III a.n.e.). Las prostitutas eran conocidas por aquél entonces como “mujeres de la alegría”. Estas satisfascían los deseos sexuales de los señores de la casa y de los invitados que pasaban de largo. Será durante la época del Estado de Qi (siglo VI a.n.e. aproximadamente) cuando se instauró oficialmente, por el primer ministro Guan Zhong, la prostitución en la China Imperial. Para aquél entonces existían ya siete burdeles donde trabajaban unas setecientas prostitutas. Fue en este periodo cuando el comercio sexual comenzó a tomar su carácter mercantil. Con el reino de Yue (siglo V a.ne.) se reunió en un monte a todas las viudas y a todas las mujeres que habían cometido adulterio para que saciasen los deseos sexuales de los soldados. Se considera que fue este periodo cuando se instauró la creación de prostíbulos.

Las cortesanas imperiales vivían en el ginecio y estaban al servicio del emperador. Podía llegar a haber varios miles. Entre ellas se encontraban mujeres sin una categoría social especial y numerosas bailarinas y cantantes. Todas mantenían la esperanza de compartir un día el lecho del emperador, pero las posibilidades eran mínimas, ya que eran muy numerosas. Pasaban la mayoría del tiempo encerradas en las dependencias del palacio. Dos grandes emperatrices de la historia de China, Wu Zetian y Cixi, fueron concubinas que terminaron siendo emperatrices gracias a su ingenio y agudeza.

Las cortesanas de los funcionarios imperiales eran propiedad de distintas categórias de funcionarios: satisfasciendo los deseos sexuales de los altos funcionarios como de algunos dignatarios que venían de zonas remotas. Estas cortesanas nunca eran remuneradas, aunque se les solían hacer regalos.

Las cortesanas de los ejércitos tenían las mismas funciones que la de los funcionarios, pero satisfascían a los militares. Aunque fuese una propiedad común para todos, algunas llegaban a ser una especie de segunda esposa para altos cargos del ejército. Muchas solían sufrir la ira de los militares que se ensañaban con ellas, incluso matándolas de una paliza.

Las cortesanas domésticas formaban parte del servicio en las grandes mansiones de los funcionarios y hombres ricos. Estas pertenecían exclusivamente al dueño de la casa. El primer registro documental que conservamos sobre cortesanas domésticas es en el siglo VI a. n. e., cuando el duque Dao del Estado de Jin regaló ocho de estas cortesanas domésticas al monarca del país vecino. Su época dorada comenzó con las dinastías del Norte y del Sur (317-589), prolongándose hasta la dinastía Tang (618–907). Estas vivían encerradas en las residencias de sus señores y eran tratadas, muchas de ellas, de forma degradante: unas veces servían de edredón durante el invierno y otras como escupideros. Eran vendidas, regaladas o cambiadas por cualquier objeto.

Las cortesanas cantantes eran mujeres educadas en el arte del canto y de la danza para satisfascer las exigencias de algunos individuos. Muchas veces traspasaban los límites de su prestación artística para satisfascer otras necesidades. Desde la dinastía Xia (2207–1765 a.n.e.) existen testimonios documentales de estas mujeres. Con la unificación de los Qin (221–206 a.n.e.) y Han (206 a.n.e. – 220 n.e.), estas se contaban por miles en palacio. Durante las dinastías Sui (589–618) y Tang (618–907) se abrieron escuelas específacamente para educar a niñas en el cante. Con el emperador Xuanzong de la dinastía Tang se fundó, incluso, una escuela de arte dramático llamada “Parque de los Perales”, establecida en la capital del imperio: Chang´an.

Las prostitutas de los lupanares estaban al servicio de todos los clientes de la casa. Parece ser que este tipo de prostitución surgió con el incremento de los intercambios comerciales. Con el aumento de la circulación de la moneda crecieron ciertas actividades, entre ellas la carnal. Además, la inestabilidad de algunas épocas impulsaron a numerosas mujeres a vender su cuerpo. Tras las Seis Dinastías (siglo III-VI), el número de las mujeres prostitutas aumentó de forma exponencial en los lupanares, sobre todo en las ciudades prósperas del sur de China. Durante la dinastía Tang, la libertad sexual permitía una prostitución más abierta sin degradar a aquellos que participaban de ella. Tanto es así que cuando algún hombre conseguía el número uno en las oposiciones al Estado, elegía a dos bellas prostitutas para que lo acompañasen a caballo hasta la capital. Estaba tan generalizada la prostitución que había un dicho en la época que rezaba así: “A los hombres de la dinastía Tang les gustan la literatura y las prostitutas”.  Hacia fines de la dinastía Tang y, posteriormente, comenzaron a circular monedas redondas en cuyo anverso estaban grabados cuatro caracteres chinos que significaban “viento”, “flor”, “nieve” y “luna” y en cuyo reverso aparecían parejas enlazadas en distintas posturas. Dichas monedas eran llamadas “moneda de la primavera” o “moneda del lupanar”, porque eran empleadas en los prostíbulos como fichas que los clientes conservaban para demostrar que ya habían pagado o habían consumido anteriormente. Estas cirularon hasta la dinastía Qing (1644-1911).

Con la caída de los Song (960–1279), la corte no tuvo los medios para mantener a miles de cortesanas y de artistas, por lo que la dinastía reinante en el momento, la Ming (1368-1644), reorganizó la administración y las estructuras del Estado para asentar su poder duraderamente. Entre otras medidas, se promulgó un decreto que prohibía a los funcionarios visitar a las prostitutas. Sin embargo, con el tiempo se frecuentaban y se fueron abriendo algunos lupanares. Por ello, se promulgó un decreto que castigaba, incluso, con la pena de muerte a aquellos que participasen de la prostitución. Pero, a pesar de esto, la ley no se cumplía a raja tabla. Para el siglo XV, el número de prostituas aumentó considerablemente. Las dos grandes ciudades de la época, Pekín y Nankín, eran los centros más importantes de la prostitución. Además, proliferaron los prostíbulos de barrios pobres donde las casas de placer estaban desprovistas de ventanas y solo disponían de unas pequeñas aperturas por las que los muchachos del barrio podían observar cómo las prostitutas se desnudaban y se tumbaban en la cama tomando posturas provocativas. Los muchachos rápidamente las llamaban y les pagaban por tener relaciones con ellas.

En época de la dinastía Qing se prohibió la prostitución. Por primera vez en mil años un decreto-ley iba a poner fin a la búsqueda del placer institucionalizado. La prostitución en las ciudades iba a ser controlada severamente. Sin embargo, un gran número de altos cargos siguieron ofreciendo a las prostitutas la posibilidad de mantener su actividad. Muchas, que no tenían otra forma de sobrevivir, retomaron su profesión. Con Qianlong se devolvió la “dignidad” a las cortesanas imperiales. Tras él, el emperador Tongzhi tomó la costumbre de disfrazarse para visitar los lupanares de la ciudad. Estas prostitutas de los lupanares habían sido prisioneras de guerra, vendidas por sus familiares o secuestradas. Muchas de ellas se negaban a vender sus servicios una vez llevadas en los lupanares; sin embargo, el maltrato de la madame o del dueño, les hacía cambiar de opinión. Una vez perdida “su virtud”, parece que se entregaban sin reservas.

Bibliografía

LIU DALIN. El Imperio del deseo. Historia de la sexualidad en China. Alianza Editorial. 2010.

LEVI, A. Histoire d´amour et de mort de la Chine anciene. París. Flammarion. 1992

VAN GULIL, R. La vida sexual en la antigua China. Madrid. Siruela. 2000.  

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