Hacia la modernización de China


Shanghai. Fuente

Da igual que el gato sea blanco o sea negro, lo que importa es que cace ratones.

Deng Xiaoping


Durante muchos siglos China fue la vanguardia de la civilización y el país más rico del mundo. Ya en el siglo XIII, Marco Polo describió el esplendor del Cambaluc (Beijing actual) de Kublai Kan, a quien consideraba el hombre más poderoso. A fines del siglo XVIII lord McCartney, embajador de Jorge III de Inglaterra, visitó Beijing y estimó que las rentas del emperador de China equivalían a dos tercios de las rentas de Gran Bretaña y que las de China las cuadruplicaban. En 1820, cuando la Revolución Industrial estaba muy avanzada y China en decadencia, el PIB del gigante asiático suponía el 28,7% del PIB global.

En el último tercio del siglo XVIII la Revolución Industrial marcó la pauta de la historia universal: su recepción o ausencia de ella determinó el poder de las naciones. China, convencida de su superioridad, quedó descolgada del grupo de los países avanzados y convertida en un país periférico. Con el tratado de Nanking en 1842 los ingleses consiguieron abrir cinco puertos de China al comercio internacional, estableciéndose el régimen de concesiones, por el que China perdía parte de sus territorios. La historia de China ha sido desde entonces un constante intento por conseguir la modernización. El primero de los intentos se produjo a fines del siglo XIX; sin embargo, no se consiguió introducir la ciencia ni la tecnología como asignatura en los exámenes imperiales.

Con la caída del Imperio chino en 1911 se instauró la República de China, cuyo líder fue Sun Yatsen, fundador del Kuomingtang. Nacionalista, conocedor del mundo exterior y modernizador, murió en 1925 y le sucedió Chiang Kaishek. El Gobierno del Kuomingtang, que se prolongó hasta 1949, fue incapaz de llevar en práctica el ideario de Sun Yatsen y modernizar el país, debido a las continuas luchas contra los señores de la guerra y la invasión japonesa.

Con la instauración de la República Popular de China, con Mao Zedong a la cabeza, se pretendió alcanzar una sociedad igualitaria, basada en la propiedad colectiva y la vida en común. Su utopía revolucionaria condujo al Gran Salto Adelante (1958) y la de la Revolución Cultural (1966-1976), que se saldaron con más de 60 millones de muertos).

Deng Xiaoping. Fuente
Con los fallidos anteriores, Deng Xiaoping dio con la fórmula para modernizar China con su “reforma económica y apertura exterior”. Esto ha permitido la edificación de mercado y el crecimiento económico de China. Fue una reformulación de las cuatro modernizaciones lanzadas por el primer ministro Zhou Enlai en 1964: agricultura, industria, ciencia y tecnología, y defensa. La lucha de clases cedía la prioridad al desarrollo económico. Se iniciaba una nueva revolución, la de Deng, que había de rectificar la de Mao y había de cambiar la faz de China en pocos años.

Deng Xiaoping había tenido una trayectoria conflictiva en el poder. Fue purgado en 1966. Rehabilitado en 1973, volvió a ser purgado en 1976, para volver de forma definitiva al año siguiente. Aunque Hua Guofeng fue el sucesor de Mao hasta 1981, fue Deng el número uno desde el 1977 con 73 años. No derivó su autoridad suprema de puestos formales, ya que no asumió la Secretaría General del Partido, ni la Jefatura del Estado ni la del Gobierno. Solo era miembro del Comité Permanente del Politburó (que abandonó en el 87), vicepresidente de las Comisiones Militares (que abandonó en el 89) y vicepresidente del Gobierno (que abandonó en el 88). Su autoridad derivaba del prestigio acumulado como miembro de la generación revolucionaria, de su participación en la Larga Marcha, del heroísmo demostrado en las guerras contra los japoneses y Chiang Kaishek y de haber ocupado puestos altos en el Partido, Estado y Fuerzas Armadas.

Su pensamiento político se fue modelando gracias a sus estancias en el extranjero y trabajando en diferentes oficios y lugares. En el extranjero fue donde conoció la economía de mercado, que era capaz de crear riqueza, asegurando el bienestar del pueblo. Deng quería evitar a toda costa ver a China sometida por el extranjero, por lo que necesitaban hacerla fuerte y rica.

Deng Xioping entendió que el sistema económico importado por la URSS debía desaparecer para dar paso a una economía de mercado. Para dar a cada cual según sus necesidades, esencia del comunismo para Deng, solo sería posible con una enorme riqueza material, lo que exige unas fuerzas productivas muy desarrolladas. La estrategia de desarrollo económico, que tuvo un éxito fulminante, dio al Partico comunista chino una nueva legitimidad. Sustituyó a la que había tenido tras la revolución de 1949, agotada tras los excesos de Mao.

Si el desfase económico y tecnológico entre China y los países capitalistas avanzados hubiese seguido creciendo, habría llegado un momento en que China habría quedado de nuevo a merced de éstos. Además, comprendió que si un sistema como el chino, el Partido coincide con el Estado, por la razón de que fuera del Partido no hay vida política organizada. El Partido es el Estado, por lo que era imprescindible conservar el Partido-Estado, un poder político sólido, como único agente posible del cambio. Pero para ello habría que modificar sus funciones: el Partido pasó a edificar la economía de mercado, aparcando la construcción del comunismo. Un Estado fuerte era necesario para garantizar la soberanía de China.

La dictadura del proletariado encajaba con la cultura política china. El secretario general del Partido ocuparía el lugar del emperador y el Partido el del mandarinato. El imperio era una dictadura benévola, algo así como el despotismo ilustrado “todo para el pueblo sin el pueblo”. A cambio de obedecerlo, éste debía de proporcionar seguridad y bienestar.

Aunque las ideas de Mao hayan sido en gran medida descartadas, se le sigue considerando símbolo máximo del Partido y el Estado. Los errores de Mao diezmaron el Partido y despojaron a su ala más conservadora de toda autoridad moral. Quedó claro que la economía planificada funcionaba de forma muy deficiente. Por ello, cuando Deng lanzó la política de reforma económica y apertura al exterior, encontró escasa resistencia. El inmediato éxito de la reforma agrícola la hizo prácticamente irreversible.

Bibliografía

Bailey, P. China en el siglo XX. Barcelona: Editorial Ariel Pueblos, 2002.

Bregolat, E., La segunda revolución china, Barcelona: Ediciones Destino, 2007.

Brown, M. y Schirokauer, C., Breve historia de la Civilización china, Barcelona: Edicions Bellatera SL, 2006.


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